Etiquetas

, , , , , ,

Uno de los autores más importantes de la literatura divulgativa en el mundo es un periodista por casualidad. Se llama Malcolm Gladwell y ha escrito cuatro libros, todos publicados en español por Taurus, que nos obligan a revisar unas cuantas falsas verdades sobre la realidad contemporánea

Rafael Osío Cabrices

Sus libros son cuatro y se encuentran con facilidad. En las librerías de América del Norte es imposible no encontrárselos, pero están todos en español, editados por Taurus: Inteligencia intuitiva (Blink), La clave del éxito (The Tipping Point), Fueras de serie (Outliers) y Lo que vio el perro (What the Dog Saw).

Gladwell retratado por Bill Wadman

Se llama Malcolm Gladwell y es hoy uno de los periodistas más influyentes del mundo. Pero no es un corresponsal de guerra, no tiene un programa en CNN ni un talk show en otro canal, ni es uno de esos oráculos que profetizan el ascenso de China o nos llenan de interpretaciones acerca de la crisis actual del capitalismo.

Gladwell investiga e investiga sobre los genios, los talentosos, los mediocres y los que cometen errores. Sobre las medidas exitosas y las que fracasan en cuanto a reducir la indigencia o defender a un Estado de una agresión extranjera. Gladwell se ocupa de por qué vemos las cosas del modo en que las vemos.

El tema común a todas sus historias, o más bien su búsqueda, es ese propósito investigativo: Gladwell quiere hacernos entender que muchas veces vemos las cosas de manera equivocada, y que gente que en cambio las ve de manera distinta, o al menos original, puede producir inventos, generar fortunas, producir hitos que ayudan a dar forma a lo que conocemos como el mundo contemporáneo.

Su propia biografía habla de felices encuentros y provechosas serendipias. Hijo de un matemático, nació en Inglaterra pero se crió en Canadá, donde estudió Derecho para decidir luego ser publicista, pero más de una docena de agencias de Toronto lo rechazaron, así que comenzó a escribir, pese a que al principio pensaba que con eso que le gustaba tanto hacer no podría nunca ganarse el sustento.

Fue freelancer en Washington DC y redactor de The Washington Post antes de ingresar a The New Yorker, la gran revista de la intelectualidad estadounidense, en 1996.

Su primer libro, Inteligencia intuitiva, es un reportaje sobre cómo sabemos cosas que no podemos razonar, gracias a esas herramientas con las que contamos que no consideramos parte de nuestro equipaje intelectual, porque son demasiado sutiles y veloces para que estemos al tanto de ellas.

Gladwell revisa varios casos y congrega, de manera que uno siempre pueda entender, tomándose la molestia de clarificar incluso lo más detallado, la investigación científica disponible sobre el tema.

Lo que vio el perro es una colección de historias publicadas en The New Yorker durante la década anterior. La que le da título al libro es un perfil de César Millán, el famoso psicólogo canino a cuya fama esa nota hizo una importante contribución.

Gladwell cuenta cómo Millán inició una intensa relación con los perros en la finca de Sinaloa donde se crió, y cómo desarrolló en Estados Unidos –adonde llegó cruzando la frontera ilegalmente, como cualquier “espalda mojada”- una poderosa inteligencia corporal: como un bailarín (una coreógrafa de hecho le comenta a Gladwell el talento con que Millán usa su cuerpo) sabe perfectamente cómo comunicarse con los perros de manera que se relajen y le hagan caso.

Incluye este libro, entre varios otros, un trabajo sobre el pánico que le da a algunos tenistas cuando están por ganar un partido importante o el que hizo que se estrellara el avión que piloteaba John Kennedy Jr. Otro sobre el triunfo universal del kétchup: la salsa que involucra los cinco sabores que podemos percibir y que resuelve nuestro miedo infantil a lo desconocido.

Uno sobre la línea de puntos que un analista puede hacer para vincular entre sí los muchos indicios que dieron los terroristas que luego perpetrarían los atentados del 11 de septiembre de 2001, un método equivocado porque ignora que en su momento esos indicios que hoy vemos como ciertos se confundían entre muchísimos otros que resultaron irrelevantes.

Lo que vio el perro nos revela la dependencia que tenemos de las imágenes y los errores que esto nos hace cometer a la hora de ver como misiles lo que no son sino camiones en las fotos de un satélite, o de distinguir entre lesiones malignas y benignas en una mamografía.   

En La clave del éxito, la idea es determinar qué hace que un producto, un concepto, una costumbre o una marca pasen de la medianía o el anonimato al consumo masivo, a ponerse de moda o a crear un hito. El caso con el que comienza es el de la marca de zapatos Hush Puppies, que luego de décadas de producción y cuando la empresa estaba a punto de quebrar, se puso de moda de pronto y tomó un aire que nunca había tenido.

Esa clase de procesos que hoy llamamos “virales”, término que Gladwell aplica no sólo a las modas o las tendencias, sino también a un fenómeno que toca también en otros libros: cómo tres décadas de alta criminalidad en la ciudad de Nueva York se interrumpieron de pronto en 1992 y las cifras de delitos comenzaron a caer, como todavía lo están haciendo. Gladwell salió con este libro a la caza de los cambios de perspectiva, de las decisiones que alteraron los viejos paradigmas y que lograron que una vieja situación fuera súbitamente reemplazada por una nueva y mejor.

Fueras de serie, por su parte, es otra indagación sobre en qué consiste verdaderamente el éxito, y en cuánto contribuye a él genio individual –o la perseverancia, o la suerte- y en cuánto el entorno familiar, social o educativo de quienes percibimos como personas extraordinariamente exitosas. Parte de una idea asumida por casi todo el mundo en una sociedad obsesionada por el éxito como lo es la estadounidense: que éste es talento más preparación.

Pero no necesariamente es así, porque un niño puede ser considerado más talentoso que otros, a una edad temprana, sobre bases equivocadas, con lo que pasa a recibir una atención especial que termina convirtiéndolo de hecho en alguien exitoso, pero no porque de origen haya sido verdaderamente más apto que los demás. Y por según las investigaciones la preparación resulta más relevante que el talento innato, y la preparación requiere tiempo –hay un cálculo de 10.000 horas de práctica ardua para alcanzar la maestría en algo- , tiempo que un joven no puede tener si, por ejemplo, es pobre y tiene que invertir parte de su infancia o su adolescencia en generar ingresos. Hay que ser brillante y trabajador, sí, pero ayuda mucho dónde nace uno, y cuándo, y rodeado de quién.

Sus textos revelan cuán compleja es la realidad en que la tenemos que vivir, que nos obliga a incurrir en numerosas generalizaciones para reducir la cantidad de tomas de decisiones, que nos apremia para sacar una conclusión sobre una persona en cuestión de segundos porque no tenemos tiempo que perder, que nos cubre de estadísticas y resultados de nuevos estudios científicos y titulares de prensa y leyes para que continuamente estemos colocando nuevas vallas en torno a nuestras temblorosas burbujas de comodidad.

Que esto ocurre de una manera más intensa o al menos distinta en América del Norte que en países como Venezuela o Colombia, como Tailanda o Suráfrica, no es sino un matiz de volumen: en general, la vida de hoy se distingue de la de nuestros abuelos por el stress, la velocidad, la abundancia de información, la competencia por el trabajo y la presión por el status. Ese agobio en que habitamos exprime las capacidades de los dispositivos cognoscitivos con que nos enfrentamos a la realidad, de nuestra interfaz con ella; es de las consecuencias de esa sobreutilización de nuestra psique y de nuestros sentidos de lo que Gladwell escribe.

El problema que él encuentra en sus indagaciones tiende a complicar más las cosas: desmontar un estereotipo a menudo no es suficiente, porque lo que queda en su lugar es mayor incertidumbre. No está del todo claro por qué ha bajado tanto la criminalidad en la ciudad de Nueva York en las últimas décadas: la política de la ventana rota no alcanza a explicarlo del todo. Rara vez puede cambiar una generalización equivocada por una generalización correcta.

Como hace ver en el último texto de Lo que vio el perro, los perros que llamamos pitbulls, prohibidos en varios sitios por lo peligrosos que pueden ser, pertenecen a varias razas y cruces distintos, y en realidad son más los que no muerden a nadie que los que pueden matar a un niño y de hecho lo han hecho. Otras razas también pueden matar, como los encantadores retrievers. ¿Entonces? ¿Cómo se atiende el problema? ¿Cómo se legisla sobre eso?

Ahora aparecen más pitbulls en las estadísticas de ataques porque son más numerosos, como pasaba antes con los rottweiler o los doberman, cuando estas razas estaban más de moda. Más determinantes parecen ser factores como que sean machos sin castrar y estén casi todo el tiempo encadenados, que han tenido poco chance de tratar con la gente y que incluso pueden ignorar que un niño pequeño no es una presa sino un ser humano.

“La conexión más fuerte de todas”, escribe Gladwell, “es la que existe entre la agresividad del perro y la que de hecho presentan ciertos dueños. En más de un cuarto de las mordeduras fatales, los dueños de los perros estaban implicados en el negocio de las peleas ilegales. Los perros que muerden a la gente están, en muchos casos, socialmente aislados porque sus dueños están socialmente aislados, y son agresivos porque tienen un dueño que quiere un perro agresivo. El pastor alemán callejero que mira al intruso como si fuera a arrancarle la garganta y el pastor alemán que auxilia a un ciego haciéndole de lazarillo pertenecen a la misma raza. Pero no son el mismo tipo de perro, porque tienen dueños con intenciones diferentes”.

Es que las cosas son realmente muy complicadas. En un reportaje sobre el crecimiento de la indigencia en las ciudades estadounidenses muestra el experimento que se ha hecho con algunos casos extremos: la municipalidad le compra un apartamento a un indigente porque eso más barato para el Estado que tener que atenderlo en un hospital cada vez que colapsa en la calle por un coma alcohólico o algo parecido.

Pero esa medida no funciona con todos (igual teniendo un apartamento pueden escaparse de él o destrozarlo) y se encuentra con la oposición de una ciudadanía que se pregunta indignada, y con razón, cómo puede regalársele una vivienda a un adicto capaz de robar y de violar, mientras hay familias enteras de gente honrada que quedó en la calle porque no puede pagar su casa.

Gladwell se ha hecho parte de una notable tradición de escritura divulgativa en la lengua inglesa, la lengua dentro de la cual nacieron la Revolución Industrial y el capitalismo contemporáneo, la que se ha hecho la lingua franca del mundo actual porque es justamente el idioma de la innovación, el comercio, la globalización. Es el idioma de Carl Sagan, de Robert Hughes, de Desmond Morris, de muchos grandes autores que han logrado traducir al gran público el conocimiento que producen los científicos.

La composición de sus textos es una clase de escritura informativa. Encuentra escenas que ayudan a introducir un tema, como en el comienzo de Inteligencia intuitiva: varios expertos examinan lo que creen que es una antigua estatua griega hasta que uno de ellos, quien no sabe explicar por qué, decide que hay algo malo en ella; era una copia, algo que le había dicho su intuición.

En los casos de Lo que vio el perro, alterna la narración de una historia personal con lo que encuentra en las entrevistas a investigadores o las lecturas que hace; su texto sobre la fascinación que es capaz de ejercer una persona en la primera impresión le permite ir contando el caso de Nolan Myers, un recién graduado de programación al que se peleaban Microsoft y otras grandes empresas del ramo, y que a él mismo le había parecido simpatiquísimo en un encuentro que tuvieron, con lo que los expertos en reclutamiento han hecho para encontrar el mejor formato de entrevista de trabajo posible.

Es una muestra de lo que el periodismo, y sólo el periodismo, todavía puede lograr. Traducir al gran público el conocimiento de alto nivel. Desmontar nuestros prejuicios. Mantener su gran apego al dato pero también una precisa atención a lo intangible, a cómo los caprichos humanos, la tristeza, la ira, el optimismo, influyen en los acontecimientos.

Mostrar cómo la realidad se compone, como cuando explica el lado emocional detrás de los genios que maduran tardíamente: cómo gente como Cèzanne recibió ayuda desinteresada por décadas de gente que veía en él un brillo que a él mismo se le escapaba, le resultaba invisible. En tiempos en que se cuestiona tanto la información y el conocimiento de origen científico, lo que Malcolm Gladwell hace de algún modo los reivindica.

 

About these ads